viernes, 24 de enero de 2014

La crisis económica que está sacudiendo el mundo estos últimos años es un hecho histórico y mundial.
Existe una interconectividad no sólo en el seno de las economías nacionales y los sectores económicos, sino también en el seno de las creencias o criterios morales y políticos entorno al capitalismo. Los préstamos en ciertos estados americanos han desencadenado una reacción en cadena que se ha expandido sobre la totalidad del espectro económico, desde la industria de seguros y la industria automovilística hasta las operaciones bancarias comerciales y de inversión, y sobre todos los continentes, donde países tan distantes como Irlanda, Islandia, España y China han experimentado un vuelco económico seguido de crisis. Este hecho global ha provocado una profunda meditación sobre los peligros de una economía global.
Algunos han encontrado las primeras huellas de la crisis en el clima del préstamo fácil creado en los Estados Unidos por Alan Greenspan, el presidente del despacho de gobernadores de la Reserva Federal, en respuesta al hundimiento del fondo de garantía “Long Term Capital Management” de finales de 1990 y la explosión de la burbuja dot.com que infló la burbuja del mercado inmobiliario. Otros sugieren que la abrogación de la Glass-Steagall Act de 1933, concebida para limitar la especulación por medio de la separación de las operaciones bancarias comerciales y de las de inversión, ha creado un ambiente que ha permitido el préstamo de una forma temeraria. Otros ven en la crisis el síntoma de una inestabilidad en la base del modelo financiero de capitalismo que se ha desarrollado en América, Gran Bretaña y otros países occidentales.
El liberalismo económico destaca la libertad de actuación de la iniciativa privada, en donde son las fuerzas del mercado las que establecen los precios y los salarios. Se considera que la participación del Estado en la actividad económica debe ser la mínima posible e incluso sería lo óptimo, aunque utópico, que no hubiera ninguna participación del Estado
Cuando Lehman Brothers  quebró, algunos consideraron que era un error no haberlo salvado, pero la mayoría ha dejado de creer en la idea de destinar vastas cantidades de dinero para salvar los bancos que han operado como jugadores sin escrúpulos.
Tras olvidar la lección del crac de 1929, la especulación y la desregulación financiera nos han arrojado a una recesión que ha traído el mayor recorte del bienestar desde la II Guerra Mundial.
El ansia por el beneficio fácil borra de un plumazo la memoria de las desastrosas consecuencias que implica relajar la prudencia cuando se trata de inversiones financieras. Eso fue lo que ocurrió, otra vez, durante la primera década del siglo XXI. Gobiernos, instituciones financieras y consumidores hicieron caso omiso de esas lecciones y repitieron uno tras otro los mismos errores.
Su origen está una vez más en Estados Unidos. En 2001, el estallido de la burbuja de internet llevó al gobierno de George W. Bush a implantar un plan de ayuda basado en facilitar la liquidez y el dinero barato. Los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre acentuaron esta tendencia. Se intensificaron la bajada de tipos de interés y la reducción de impuestos para motivar el consumo de los deprimidos estadounidenses. Además, se impulsaron altas dosis de gasto público para incentivar la actividad de las empresas y el empleo.
Mientras cicatrizaban las heridas morales del 11-S, los estadounidenses repetían los errores de los “felices años veinte” del siglo anterior: gastos desenfrenados en bienes de consumo, demanda desaforada de viviendas, alentada por créditos muy baratos, e inversión masiva en Bolsa.
La desregulación financiera añadió más leña al fuego de la burbuja, provocando una desaforada especulación. En 1999, los lobbies de la banca se apuntaron una gran victoria al conseguir que el gobierno de Bill Clinton aboliera la ley Glass Steagall. Se trataba de una normativa implantada en 1933 por el presidente Roosevelt que prohibía que los bancos mezclasen sus actividades minoristas con inversiones especulativas para impedir las malas prácticas que originaron el crac de 1929 y la Gran Depresión. El sucesor de Clinton, Bush, rebajó todavía más los requisitos de prudencia y eliminó todo control de la banca, abonando así el terreno para el desarrollo de una industria financiera altamente sofisticada, compleja e incluso oculta, ya que muchas operaciones se hacían a través de paraísos fiscales para no ser reflejadas en los balances oficiales. Es lo que los economistas han bautizado como “la banca en la sombra”.
En ese contexto, la simbiosis entre las dudosas prácticas bancarias y boom inmobiliario produjo un cóctel explosivo: el de las hipotecas subprime o basura. Los bancos se aventuraron a conceder créditos a ciudadanos que no iban a poder devolverlos. Eran los NINJA (no income no job no assets), siglas en inglés que los calificaban como personas sin trabajo, sin ingresos y sin propiedades; pero incluso ellos podían tener una casa propia merced a la creencia (igual que en anteriores períodos de burbuja) de que los precios de la vivienda seguirían subiendo y que la hipoteca por la que iban a pagar unos desmesurados intereses sería compensada por la revalorización de sus inmuebles. El riesgo de impago era palpable, pero la ingeniera financiera puso en marcha una estrategia para que los bancos la disimularan en sus balances.
Lo hacían a través de complicados instrumentos que permitían empaquetar las hipotecas bunas y malas en un mismo Vehículo de Inversión Estructurado (SIV en inglés)  que, a su vez, era vendido por tramos a inversores internacionales. Al mezclar hipotecas buenas y malas, las agencias de calificación encargadas de valorar sus riesgos ignoraron el peligro real. Para complicar aún más este entramado, se inventaron los Credit Default Swap (CDS), unos seguros que cubrían el riesgo de impago de cualquier producto. En principio, parecía el negocio perfecto: se compraban productos de alto riesgo y mucha rentabilidad, y a la vez un seguro CDS, por si algo fallaba. El famoso inversor Warren Buffet los calificó de “armas de destrucción masiva”. Aun así los bancos de inversión estadounidenses los comercializaron entre todo el sistema financiero mundial, ávido de las suculentas ganancias que proporcionaban.
Pero la avaricia rompió el saco. Los especulativos fondos de alto riesgo (hedge funds) fueron más allá y apostaron directamente por la subida o bajada de esos seguros, con un complicado mecanismo bursátil (apuestas bajistas) que les permitía, sin necesidad de tenerlos en propiedad, conseguir abundantes beneficios.
Todo este entramado comenzó a desmoronarse cuando, en 2006, la Reserva Federal de Estados Unidos decidió elevar los tipos de interés para frenar la subida de la inflación. Los NINJA más débiles fueron incapaces de seguir pagando sus créditos y comenzaron a caer las fichas de ese dominó maldito: impagos, desahucios, bancos en números rojos, desconfianza entre entidades y reticencias a prestarse entre banqueros.
Los indicadores de la actividad inmobiliaria ya alertaban de que la fiesta estaba llegando a su final. En 2006 la actividad había caído un 26% respecto al año anterior. Pero fueron los rumores de que Bear Stearns (uno de los principales bancos de inversión de Wall Street, con 86 años de historia) tenía problemas de liquidez los que hicieron saltar todas las alarmas. Dadas sus conexiones con el resto de entidades financieras, había vendido hipotecas subprime por todo el planeta, y su bancarrota podía desencadenar una cascada de cracs en otros bancos. El gobierno de Estados Unidos organizó un rescate camuflado prestando dinero a través de su competidor JPMorgan, que se quedó con la propiedad del banco comprando las acciones a un 93% por debajo del precio de mercado.
El remedio fue peor que la enfermedad, ya que esto alertó al mercado de la gravedad de la situación. Aunque el gobierno de Estados Unidos juraba que era una operación aislada y se negaba a más rescates, no tardó ni dos semanas en acudir en ayuda de Fannie Mae y Freddie Mac, las dos principales aseguradores hipotecarias del país. Éstas habían sido creadas por Roosevelt, tras la Gran Depresión, para conceder hipotecas avaladas por el Estado a los ciudadanos con menos recursos, pero con la desregulación financiera habían salido incluso a cotizar en Bolsa y a competir con la banca de inversión. Eran líderes en hipotecas de baja calidad y poseían la mitad de todo el mercado hipotecario estadounidense; por eso fueron las primeras afectadas.
Los rescates de bancos se sucedían a uno y otro lado del Atlántico durante el 2008 y 2009. La política del Banco Central español había impedido la banca en la sombra y que las entidades debían aportar dinero para un fondo de rescate, pero también lo era que los excesos ocurridos en el mercado inmobiliario español eran demasiado escandalosos. Las entidades financieras habían tenido su particular versión de las hipotecas subprime, con créditos a promotores de viviendas y particulares imposibles de mantener con la subida de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y el masivo desempleo que en estos momentos supera el 25%. España se vio abocada a pedir el rescate de su sistema financiero en junio de 2012 por valor de 100.000 millones de euros.  Además, el sistema financiero español tiene que hacer frente a una masiva y dudosa comercialización de productos de riesgo, las participaciones preferentes, que han dejado sin su inversión a millares de ahorradores.
La lista de entidades con problemas no hacía más que crecer. Cuando le tocó el turno a Lehman Brothers, otra entidad histórica, con 158 años de actividad en Wall Street, el presidente Bush, con las elecciones a la vuelta de la esquina, no quiso dar la imagen de que rescataba con dinero público los excesos de los banqueros de inversión. A pesar de que unas horas antes Bank of América había rescatado, con dinero público, a Merrill Lynch, otro de los grandes de las finanzas mundiales, con Lehman Brothers decidieron que era la hora de dar un escarmiento y lanzar el mensaje de que el gobierno no estaba dispuesto a cargar con los desmanes de la banca.
El error de dejar caer a Lehman Brothers se supo de inmediato. La noticia se filtró y unas horas después las Bolsas de todo el planeta se desplomaban. Lehman Brothers no era muy grande, pero sus conexiones con otros bancos y su extensa comercialización de hipotecas basura lo convertían en un gigante. La onda expansiva se llevó por delante en pocas horas a la mayor aseguradora del mundo, AIG, así como a la principal caja de ahorros estadounidense, Washington Mutual.
La situación era tan grave que el gobierno republicano tuvo que dejar a un lado sus convicciones de no intervenir en la economía y acudió al rescate, lo mismo que el resto de los gobiernos de los principales países del mundo. Los principales bancos centrales se unieron en la primera decisión masiva conjunta de la Historia para asegurar la liquidez, comprometiéndose a inyectar fondos por valor de 180.000 millones de dólares. En los meses siguientes, todos los Estados sacaron la chequera para salvar a sus bancos y evitar un segundo Lehman Brothers. A los 150.000 millones de dólares (el 1% del PIB estadounidense) liberados por Bush les siguieron unos meses después, en enero de 2009, otros 700.000 del plan de rescate aprobado por su sucesor, Barack Obama. En Reino Unido se dedicaron 400.000 millones de libras a sofocar los problemas de los ocho grandes bancos. El rescate francés alcanzó los 320.000 millones de euros. Mientras, en España, el gobierno de Zapatero se jactaba de la solvencia y fortaleza del sistema bancario español y ponía a disposición avales por valor de 100.000 millones de euros. A pesar de que España estaba acuciada por los mismos errores (boom inmobiliario, borrachera de crédito), aquí se insistía en que los bancos españoles no se habían infectado con las hipotecas basura, como le ocurría al resto del sector europeo.
Lo que estaba fuera de duda era que la crisis se había expandido por todo el planeta y que había que evitar los errores de 1929, cuando el gobierno de Hoover se desentendió de los problemas y el proteccionismo ejercido por todos los países hundió el comercio mundial y desencadenó la Gran Depresión.
En noviembre, los principales países del mundo (G20) se unieron para acordar planes de estímulo conjuntos. Como recuerda el economista José Carlos Díez en su libro “Hay vida después de la crisis”,  esos acuerdos “fueron el mayor plan de estímulo fiscal y monetario coordinado a nivel global de la historia de la humanidad. La terapia de choque funcionó y el enfermo recuperó el pulso. Se evitó una segunda Gran Depresión”.
Aun así, la situación era enormemente grave. Las principales economías del mundo entraron en recesión. El comercio mundial se hundía y, ante la falta de actividad e ingresos, las empresas no paraban de enviar trabajadores al paro. Estos indicadores, aunque muy graves, no eran tan desmesurados como los de 1929, por lo que los economistas Barry Eichengreen y Kevin O’Rourke bautizaron esta situación como la Gran Recesión, frente a la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado.
No obstante, la situación no era fácil de resolver. La unidad mundial de intervención pronto se tornó en división. Por un lado, Estados Unidos no dudó en seguir las lecciones de Keynes, que tanto bien le hicieron tras el crac de 1929, y mantuvo la política de gasto público y estímulos económicos: desde 2008, la FED ha puesto en marcha ya tres programas de inyección de liquidez en los mercados financieros, para estimular la economía a través de la compra de bonos del Tesoro y cédulas hipotecarias. La economía estadounidense consiguió superar la recesión y en febrero de 2009 ya reportó un crecimiento del 0,9%. En la actualidad crece por encima del 2% anual. Aun así, el desempleo todavía se mantiene alto para sus criterios, cerca del 8%, por lo que los estímulos públicos continúan y hacen caso omiso al riesgo que implica que su deuda pública haya escalado hasta el 106% de su PIB en 2012.
Mientras, con los planes de estímulo comprometidos a medio implantar, Europa decidió cambiar de rumbo y apostar por la austeridad y el control del gasto. El punto de inflexión llegó por culpa de Grecia a finales de 2009. El Partido Socialista de Grecia (PASOK), liderado por Yorgos Papandreu, ganó las elecciones legislativas anticipadas y descubrió que el anterior gobierno, con la ayuda del todopoderoso banco de inversión Goldman Sachs, había utilizado derivados financieros para esconder un abultadísimo déficit público del 12,7%, frente al 3,4% que daban las estadísticas oficiales. La realidad era que Grecia estaba casi quebrada, su deuda superaba el 100% de su PIB y se le complicaba hacer frente a los intereses. La economía griega apenas representaba el 2% del PIB europeo, pero los derivados de su deuda habían sido colocados a los bancos de toda Europa, en especial a los alemanes. Un impago de Grecia podía generar un tsunami del estilo del de Lehman Brothers. Y aún más: dejar caer a un socio europeo podría hacer peligrar la estabilidad de la moneda única.
Las contradicciones de la Unión Europea, con una moneda pero 27 políticas fiscales distintas, se hicieron más palpables. La unión se debilitó y cada país tomó las medidas que creyó más adecuadas para afrontar la crisis. Alemania, cuyos bancos estaban muy contaminados con las hipotecas subprime estadounidenses y también con bonos de deuda europeos, se autoerigió como árbitro de la política europea e impuso a los países con problemas una dura política de austeridad y ajuste de gasto. Todo lo contrario a lo que estaba haciendo Estados Unidos.
Tras meses de discusiones y enfrentamientos entre los socios de la Unión Europea, la canciller alemana Angela Merkel cedió y permitió la aprobación, el 2 de mayo de 2010, de un plan de rescate a la economía griega, en colaboración con el Fondo Monetario Internacional, por valor de 110.000 millones de euros. Las condiciones eran similares a aquellas a las que habían sido sometidas las economías emergentes en los años noventa del siglo anterior: recortes de gasto público, reformas estructurales, bajada de pensiones y sueldos públicos… No fue suficiente: en el verano de 2011 fue rescatada una segunda vez, y la UE ya se plantea un tercer rescate. Parece claro que las duras condiciones exigidas a cambio de los rescates hunden más que reflotan la economía de Grecia.
Alemania, el principal acreedor de los bancos griegos, impuso la tesis de la austeridad para evitar mayores pérdidas a sus bancos. Pero la desconfianza seguía instalada en el sistema y la restricción del crédito acentuaba la crisis. Países como España, en un principio no contaminado con las subprime, comenzaron a sufrir problemas de liquidez, lo mismo que el resto de socios. El obligado ajuste de gasto público y austeridad en toda Europa provocó sendos rescates en Irlanda y Portugal. Lejos de resolver los problemas, estas medidas no han hecho sino agravarlos. Por su parte, el BCE, influido por la obsesión alemana de controlar la inflación, volvió a subir los tipos de interés en julio de 2011, abocan a sus socios a una segunda recesión. A lo largo de 2012, las dudas sobre la continuidad del euro provocaron una huida de los inversores hacia refugios como el dólar estadounidense, encareciendo la financiación de países más débiles de la UE como España o Italia, que estuvieron a punto de tener que ser rescatados.
La situación ha llegado a tal límite que muchos economistas han calificado el empeño de Alemania de austericidio, ya que forzar a los países a ajustes tan severos sólo ha servido para frenar la recuperación de la crisis y conducir a Europa a una depresión similar a la que ha sufrido Japón tras la crisis de los ochenta y en la que ninguna de las medidas aplicadas parece tener efectividad para acabar con la recesión.

BIBLIOGRAFÍA
CRISIS

LIBERALISMO

LEY GLASS-STEAGALL O “BANKING ACT” Y GRAMM-LEACH-BLILEY ACT

CREDIT DEFAULT SWAP

FUENTES VIDEOGRAFICAS
http://www.youtube.com/watch?v=3i9s66BPEvY (crisis mundial/americana, inglés subtitulado francés)
http://www.youtube.com/watch?v=_m6fTUYU-Tc (deuda pública, en francés)
http://www.youtube.com/watch?v=q0PstreAAoo (crisis de las subprimes, inglés subtitulado francés)
http://www.youtube.com/watch?v=lukfU6Kr4nQ (crisis financiera internacional, en francés)
http://www.youtube.com/watch?v=p8XCIcRfoUI (creación de moneda equilibrada, en francés)


jueves, 16 de enero de 2014

INSIDE JOB

Inside Job es un documental de Sony Pictures Classics producido en 2010 sobre la crisis financiera de 2008 y dirigido por Charles Ferguson. Se estrenó el 16 de mayo en el Festival de Cannes de 2010 y recibió el Premio Óscar Mejor Documental en 2011.
El documental presenta investigaciones y entrevistas con financieros, políticos, periodistas y académicos. Desde el punto de vista narrativo, su estructura cuenta con varias partes, dedicando su introducción a la crisis financiera en Islandia de 2008 y 2009, continuando con la exposición de las causas de crisis mundial y terminando con un diagnóstico de la situación actual, concluyendo que es insignificante lo que se ha hecho durante la administración de Barack Obama.
La cinta se centra en los cambios de la industria financiera en las décadas pasadas que han llevado a la crisis, los movimientos políticos hacia la desregulación, y cómo la evolución de ámbitos financieros complejos como el mercado de derivados permitieron grandes incrementos en el riesgo financiero adoptado, al permitir eludir las regulaciones que tenían como fin controlar el riesgo sistémico. Al describir el desarrollo de la crisis, la cinta también examina el conflicto de intereses del sector financiero, sugiriendo que se trata de una práctica que en muchas ocasiones se oculta al público. La cinta también indica que estos conflictos atañen a las agencia de calificación de riesgo lo mismo que a los académicos que son pagados como consultores sin informar al respecto en sus ensayos, oscureciendo y exacerbando la situación que condujo a la crisis.
Uno de los temas principales es la presión de la industria financiera en los procesos políticos con el fin de evitar las regulaciones, y las maneras en que se realizaron dichas presiones. Una situación abordada es la conocida como "puerta giratoria", caracterizada por el amiguismo y la colusión entre el sector público y privado, un sistema en el cual los reguladores financieros pueden ser contratados por el sector financiero tras dejar el gobierno y ganar millones en el proceso.
Dentro de los mercados de derivados, la cinta sostiene que el gran riesgo que comenzó con el crédito subprime, se transmitió de inversionista a inversionista, debido a una cuestionable práctica de clasificación, que de forma falsa indicaba que las inversiones eran seguras. Así, los prestamistas se vieron llevados a firmar hipotecas sin poder considerar los riesgos, o incluso favorecer mayores tasas de interés de los préstamos, debido a que en su momento estos fueron clasificados conjuntamente, y el riesgo estaba escondido. Según la cinta, los productos resultantes tenían clasificaciones AAA, la misma de los Bonos del Estado emitidos por el gobierno de Estados Unidos, lo cual les permitía vendérselos incluso a los fondos de pensiones, entidades que sólo pueden realizar inversiones de la máxima seguridad.
Otro tema tratado son los elevados salarios de la industria financiera, y cómo en las últimas décadas han crecido varias veces por encima de los incrementos en los otros sectores. Incluso en los bancos que han quebrado, la cinta muestra como sus directores encajaron cientos de millones de dólares en el periodo que precedió a la crisis, de los cuales han conservado su totalidad, dando a entender de nuevo que el equilibrio entre riesgo y beneficio se ha roto.
El documental también examina la función de las universidades en la crisis, explorando así un tema al que previamente no se le había dado relevancia. Ferguson nota por ejemplo que el economista de Harvard y antiguo director del Consejo de Asesores Económicos bajo la administración Reagan, Martin Feldstein, fue director de la aseguradora AIG y antiguo miembro del consejo directivo del banco de inversión J.P. Morgan & Co.. Ferguson también nota que muchos profesores de renombre y miembros del establecimiento de las escuelas de comercio y de negocios registraban un gran porcentaje de sus ganancias trabajando como consultores, u oradores en eventos públicos. Por ejemplo, el actual decano de la escuela de negocios de la Universidad de Columbia, Glenn Hubbard recibió así cientos de miles de dólares. Hubbard también tiene vínculos con Kohlberg Kravis Roberts y BlackRock Financial. Al igual que el actual director del Departamento de Economía de Harvard, John Y. Campbell, Hubbard contradice la existencia de cualquier conflicto de interés entre la academia y el sector bancario.
La cinta termina afirmando que, a pesar de las últimas regulaciones financieras, el sistema subyacente no ha cambiado. Por el contrario, los bancos restantes son aún más grandes, y los incentivos siguen siendo los mismos.


El documental se puede ver completo aquí:

miércoles, 15 de enero de 2014

Teoría del desarrollo capitalista de Paul M. Sweezy: resumen.


Paul Marlor Sweezy, economista estadounidense, (Nueva York, 1910-2004). Fue discípulo de Schumpeter. Estudió en la Universidad de Harvard, donde se graduó en 1931. Tras pasar un año en la London School of Economics se hace marxista. En los años sesenta, Paul Sweezy  propone el Modelo de la demanda quebrada para explicar la estabilidad de los acuerdos en las situaciones de oligopolio. Sweezy fue un escritor prolijo, publicó más de cien artículos y  unos veinte libros. El más famoso fue “El capital monopolista: un ensayo sobre la economía estadounidense y el orden social”. Tuvo una enorme influencia sobre la izquierda y particularmente en la economía política marxista. Su “Teoría del desarrollo capitalista” dominó la enseñanza de la economía política marxista a partir de su publicación. El libro tiene tientes estalinistas, pero al mismo tiempo, se apoya mucho en el keynesianismo. Destaca la importancia del subconsumo como un motivo para la crisis.

Sweezy quiere entender la sociedad y su comportamiento. Para él es muy importante aprender a descifrar las relaciones entre los individuos. Presenta la economía política como el instrumento que estudia las relaciones sociales de la producción y distribución. Para el autor la economía es ciencia, la teoría económica es como un proceso de construcción e interrelación de conceptos que han sido despojados de todo contenido social. Describe la visión sobre el salario, el cual se convierte en una categoría económica universal ligada al trabajo. El autor critica el sistema económico actual porque no se ajusta al contexto social, pone el ejemplo del obrero que es explotado porque recibe un salario menor que el valor del producto marginal de su trabajo.

Capítulo I: El método de Marx.
Sweezy expone los principales elementos del posicionamiento de Marx ante la economía política: el uso de la abstracción y el carácter histórico, las tendencias históricas y en un contexto específicamente histórico. Marx era un adepto del método abstracto-deductivo y progresaba de lo más abstracto a lo más concreto.  “La realidad social es el proceso histórico, un proceso que, en principio, no conoce finalidad ni estaciones de parada”.
Hay que aislar y analizar por el método de la abstracción las relaciones económicas que están debajo expresadas en la forma de conflictos de clase.  La sociedad dividida en burguesía y proletariado, enfrentados, sería el objetivo de la investigación. La abstracción sería el método para aislar esta relación siguiendo dos pasos: alejar las relaciones sociales salvo las que hay entre capital y trabajo y reducir la relación capital-trabajo a sus características más relevantes.  La relación capital-trabajo es una relación de cambio. El Volumen I de El Capital demuestra un alto grado de abstracción en el análisis de la relación capital-trabajo.  Sweezy nos advierte del peligro de utilizar leyes deducidas en un alto grado de abstracción como predicciones de futuro. Cita especialmente “la ley general absoluta de la acumulación capitalista” y las controversias de los antimarxistas. Finalmente Sweezy destaca el principio de la abstracción apropiada como prueba de validez de la crítica a Marx.

Capítulo II: El problema del valor cualitativo.
Sweezy analiza la distinción entre el problema del valor cuantitativo y el problema del valor cualitativo.  Marx distinguía el doble carácter, abstracto y concreto, del trabajo dentro de la producción de mercancías. Un elemento central del problema del valor cualitativo es el carácter fetichista de las mercancías. La teoría de valor de Marx difiere de la teoría de la economía clásica. Nos explica  además Sweezy que Adam Smith no concebía la división de trabajo separada del cambio.  “El cambio es, en efecto, anterior a la división del trabajo y causa de ella”.
Marx discrepa con Smith, niega que la división del trabajo esté vinculada al cambio.  La producción de mercancías es una forma de la vida económica.  El economista además de investigar las relaciones cuantitativas que surgen de la producción de mercancías, debe fijarse en las relaciones sociales subyacentes en las mercancías.  Sweezy nos hace esta reflexión: las tareas de la economía política son tanto cuantitativas como cualitativas.  Se considera la economía política una ciencia social de las relaciones entre personas y el valor de uso expresa la relación entre el consumidor y el bien.  Como el valor de uso no facilitaba una relación social, Marx lo excluía de la investigación de economía política. Para él las categorías debían ser sociales, representando relaciones entre personas. Esto es totalmente contradictorio a la teoría económica moderna.
La clave de la teoría de valor de Marx: “el cambio de mercancías es un cambio de los productos del trabajo de productores individuales. […] el hecho de que las mercancías de que se trata son productos del trabajo humano en una sociedad basada en la división del trabajo…”. Para Marx, el “valor que yace oculto detrás” del valor del cambio es la expresión de las relaciones sociales del trabajo.  Marx dice que el trabajo es la sustancia del valor. El trabajo abstracto equivale a trabajo en general y es característica de toda actividad humana productiva. El análisis marxista del capitalismo empieza con la teoría del valor cualitativo con su base en la doctrina del Fetichismo de la Mercancía.

Capítulo III: El problema del valor cuantitativo.
En toda sociedad lo fundamental es el trabajo y que éste se aplique a la producción y que los productos sean distribuidos entre los miembros de la sociedad. En la determinación del valor no debe tenerse en cuenta más trabajo que el "socialmente necesario", que es el que se requiere para producir un artículo en las condiciones normales de producción. El trabajo más calificado que el trabajo medio debe tener una mayor capacidad de producir valor.
Los críticos de la teoría del valor de Marx han sostenido siempre que la reducción del trabajo calificado a trabajo simple implica el razonar en un círculo vicioso. Una mayor capacidad significa un mayor valor de su producto.
Las mercancías se cambian unas por otras en proporción a la cantidad de trabajo socialmente necesario incorporada en cada una. El papel de la competencia es que "en el momento en que oferta y demanda se equilibran mutuamente y por lo mismo cesan de actuar, el precio de mercado de una mercancía coincide con su valor real. La demanda juega un papel muy importante en su análisis, pero lo que dice de ella está dominado por la distribución del ingreso por las relaciones de producción existentes.
Hay también una competición entre la ley del valor y el Principio de planeación: en la medida en que la asignación de la actividad productiva es sometida a un control consciente, la ley del valor pierde su pertinencia y su importancia; el principio de la planeación lo sustituye. El valor y la planeación son tan opuestos entre sí como el capitalismo y el socialismo.
La relación entre el valor y el precio de la producción es que el precio es tan solo la expresión monetaria del valor, el "precio de producción" es una modificación de los valores.
En el monopolio, las relaciones de valor cuantitativo son perturbadas por el monopolio, pero las relaciones de valor cualitativo no. Aún bajo condiciones de monopolio podemos seguir midiendo y comparando mercancías y conjuntos de mercancías en términos de unidades de tiempo de trabajo. A pesar del hecho de que las relaciones cuantitativas precisas implicadas en la ley del valor han dejado de ser válidas.

Capítulo IV: Plusvalía y Capitalismo.
Es en el capitalismo donde todos los productos toman el concepto de mercancías, pero la producción de mercancías no implica capitalismo. La producción de mercancías no significa necesariamente el capitalismo, ya que el productor puede producirlas simplemente para la obtención de otras mercancías. Sería el proceso M-D-M basado en la producción de mercancías para la obtención de dinero que le permita obtener otras mercancías.
Pues bien, en el capitalismo el proceso se ha convertido en D-M-D, esto es, la inversión de dinero en mercancías para la obtención de un beneficio basado en una liquidez mayor de la que disponía el productor.
En ese sentido, el trabajo o fuerza de trabajo se convierte en mercancía en el momento en que el trabajador vende su tiempo a cambio de un salario, que viene a tener un valor relacionado con las necesidades básicas que necesita para cubrir su subsistencias (alojamiento, ropa, calzado, alimentación…). Además la fuerza de trabajo se convierte en móvil en el momento en que el individuo necesita desplazarse geográficamente con la creencia de mejorar sus condiciones de vida.
De tal manera que el valor de una mercancía viene a conformarse en una fórmula basada en la suma: c+v+p. El capital constante (o maquinaria), el capital variable (salarios) y la plusvalía (generada por la fuerza de trabajo).
Dicha fuerza de trabajo está remunerada por un número de horas de las que algunas pertenecen al excedente de producción que genera beneficios al productor, la plusvalía. Por tanto, el trabajador obtiene una remuneración de coste real basada en un total de horas compuesto por las horas necesarias más las excedentes (de las que se beneficiará el empresario).
La tasa de la plusvalía o tasa de explotación vendrá a formularse mediante el número de horas necesarias entre el número de horas de excedente de producción cuyo resultado vendrá a ser el trabajo total. Y por tanto, la tasa de ganancia será el resultado de dividir la plusvalía por el capital más el capital variable, que podría ser exponencialmente mayor en el momento en el que haya una mejora de la técnica de producción.

Capítulo V: La acumulación y el ejército de reserva.
La reproducción simple parte de la idea de un consumo o inversión del total de las ganancias por parte de los agentes del capitalismo. Con esto se garantizaría una inmutabilidad en las escalas sociales del sistema. Esto es algo “imposible” ya que el fin mismo del capitalista no es el valor de uso sino la acumulación del capital. El capital ganado gracias a la plusvalía es invertido para ganar más capital, aumentando la anterior plusvalía, y es en este punto donde comienza el proceso de acumulación.
Una de las consecuencias de todo esto reside en el valor de la fuerza de trabajo. Partiendo de que la acumulación necesita de una demanda constante de fuerza de trabajo, deberíamos suponer una subida de los salarios de los trabajadores, pues esta premisa básica en la teoría clásica no se da en ninguna sociedad, y es aquí donde se centra el principal problema derivado de la acumulación capitalista. El error reside en el tratamiento de la fuerza de trabajo como una mercancía ordinaria. No existe ninguna producción de fuerza de trabajo, por lo que nadie puede comerciar con ella de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda. El trabajo posee el precio natural y el precio de mercado. El primero es el necesario para que un trabajador pueda subsistir y perpetuar su raza. Lo realmente preocupante es que el precio con respecto al mercado según la oferta y demanda tiene una tendencia continua al ajuste con el precio natural. Esta tendencia la explica con la teoría del ejército de reserva del trabajo.
El porqué de la detención de los salarios en el precio natural se debe a una masa de obreros desempleados que ejerce una presión constante hacia abajo en el nivel del salario. Este ejército de reserva se nutre de aquellos trabajadores que han sido sustituidos por la maquinaria gracias al continuo afán de reducción de costes por parte de los capitalistas. Aunque se podría suponer que tal acumulación de capital también representa la creación de nuevos mercados e industrias que necesitarían de empleados, por lo que el ejército de reserva estaría en continuo descenso e incluso llegaría a vaciarse por lo que los salarios comenzarían a subir. Aquí es donde Marx alude a la industrialización y a las crisis y depresiones como un mecanismo capitalista para aumentar el ejército de reserva en el caso de que ésta se redujera a niveles peligrosos para el nivel salarial. Por todo esto se dice que una crisis capitalista sería inconcebible ya que la prosperidad de la industria es a expensas del ejército de reserva y, en el caso de que se diera una depresión, el ejército de reserva aumentaría por lo que la presión sobre los salarios generaría ganancias, por lo que es un sistema donde el capitalista no puede estar en crisis. Con esta teoría Marx no sólo invalida la ley de la población y la de los rendimientos decrecientes, sino que demuestra que la creencia en que el capitalismo desemboca en un estado de reposo se torna en un proceso de revolución continua.


Capítulo VI: La tendencia descendente de la tasa de la ganancia.
La Teoría de la Ley de Karl Marx dice que los cambios en la tasa de la plusvalía balancean los efectos de un cambio en la composición orgánica del capital. Marx quiere mostrar qué obstáculos internos impiden el desarrollo de la producción. Seis causas contrarrestan y anulan esta ley. Una trata la forma de la calculación de la tasa de ganancia. Las otras causas son el descenso del capital constante en sus elementos, el aumento de explotación, la reducción de los salarios en su valor, una sobrepoblación relativa, y el comercio exterior. Las cinco últimas causas bajan el capital en su composición orgánica o elevan la tasa de la plusvalía. Sweezy realiza una crítica y apunta que lo que se puede decir sobre este tema es que “la tasa de ganancia bajará si el porcentaje de la plusvalía es menor que el porcentaje de la disminución de capital variable con respecto a la total”. Pone de manifiesto que no es posible demostrar una tendencia descendente de la tasa de ganancia comenzando el análisis por la composición orgánica ascendente de capital. Lo que sí queda claro, es que la “composición orgánica del capital tenderá a restablecer la tasa de plusvalía, y en esa forma, a acrecentar el volumen de la plusvalía más allá de lo que éste hubiera sido en ausencia del aumento de la composición orgánica del capital”. Por otro lado, el autor apunta a una serie de fuerzas que son claves a la hora de deprimir por un lado, y elevar, por otro, la tasa de ganancia. Aquellos factores que la deprimen son: los sindicatos, la acción del Estado en beneficio de los trabajadores. Las fuerzas que elevan la tasa de ganancia son: las organizaciones patronales; exportación del capital; formación de monopolios y acción del Estado en beneficio del capital. En definitiva, el gobierno gana beneficios si tiene cuenta de estos factores. Con esto la economía política se transforma en un instrumento de comprensión muy coherente y poderosa.

Capítulo VIII: La naturaleza de las crisis capitalistas.
Sweezy dice que el Estado juega un papel importante en el proceso económico, no sólo político. Aquí presenta un tratamiento teórico sumario del estado que sea consecuente con las numerosas observaciones dispersas de Marx sobre el asunto y que provea el suplemento necesario al cuerpo principal de principios teóricos que se refieren al desarrollo del sistema capitalista.
Sobre la función principal del Estado, los marxistas tienden a considerar el Estado como una institución establecida en interés de la sociedad para fines de mediación y conciliación de las clases sociales (lo mismo que el sistema de relaciones de propiedad; porque esas relaciones de propiedad definen y demarcan la estructura de clase de la sociedad). Frente a esta teoría, la teoría de la dominación de clase, en que el Estado es hijo de la clase dominante, beneficiario de relaciones de propiedad y él tiene la obligación de hacer efectiva la estructura de la clase misma. En la sociedad capitalista, la dominación de clase y la protección de la propiedad privada son idénticas pero en términos marxistas no lo son.
El Estado ha desempeñado un papel decisivo en el funcionamiento económico dentro de los marcos del sistema de relaciones de propiedad capitalista que garantiza. Marx examina “la lucha por una jornada de trabajo normal” en el desarrollo histórico del capitalismo inglés. Primera fase: las leyes extendieron la duración de la jornada de trabajo; segunda: la resistencia de la clase obrera y limitación del tiempo de trabajo por ley; y por último, los trabajadores se ponen de acuerdo entre sí. De aquí concluye Engels que la legislación tenga un efecto tan tajante y el poder del Estado es también económico y que no está excluido de los factores causales del cambio histórico.
¿Bajo qué circunstancias y en interés de quién el poder económico del Estado será puesto en acción? Primero, se acude al poder del Estado para resolver problemas en el desarrollo económico capitalista y segundo, que en el sistema capitalista el poder del Estado se utiliza para la clase capitalista bajo su dirección, y por último, se puede utilizar también al Estado para hacer concesiones a la clase obrera siempre que no ponga en peligro el sistema.
Sobre la forma de gobierno, el autor se pregunta si es posible que los principios de la acción del Estado que han sido examinados no tengan validez en una sociedad capitalista plenamente democrática. La teoría marxista responde que la democracia no altera la significación básica del Estado en relación con la economía. La democracia soluciona los problemas de la sociedad capitalista, limita la libertad de los capitalistas para el uso del estado en su propio beneficio, etc. por lo tanto la rechazaban los capitalistas.

jueves, 2 de enero de 2014

"La prima de riesgo abre 2014 en mínimos de dos años y medio, por debajo de 210 puntos."


Noticia en: 
http://www.abc.es/economia/20140102/abci-prima-riesgo-abre-2014-201401021103.html

Aprovechamos para explicar de forma simple y breve qué es la prima de riesgo pues la noticia es muy breve y deja poco a la explicación: este mes de Enero España ha registrado 207 puntos frente a 400 puntos en Enero de 2013.



La prima de riesgo (también riesgo país o riesgo soberano) se define como el sobreprecio que paga un país para financiarse en los mercados en comparación con otro país.
En la Euro zona el país de referencia es Alemania (prima de riesgo 0) y la prima de riesgo de un país es la diferencia entre su bono a 10 años y el bono a 10 años de alemán (bund).
Cuanto mayor es el riesgo de un país más deberá remunerar éste a los inversores para que adquieran su deuda.
Es por lo tanto, la sobretasa (o rentabilidad) que ofrece la deuda pública de un país para que los inversores la compren y mide la confianza de los inversores en la solidez de su economía.

Otra forma de medir el riesgo país es mediante el spread de los credit default swap (CDS), que son contratos de seguros en los que se aseguran ciertos instrumentos financieros en caso de impago por parte del emisor. Como se trata de un contrato cuyo fin es cubrir el riesgo de crédito, cuando la entidad de referencia es un país, la cuantía de la prima de los CDS proporciona información sobre la calidad crediticia de dicho país, es decir mide el riesgo-país. Un incremento del spread indica aumento del riesgo; un descenso indica disminución del riesgo.
Luego, este año hemos multiplicado por dos el nivel de confianza, o reducido a la mitad el riesgo-país.

La prima de riesgo en otros países de Europa a Enero de 2014:

España: 207
Francia: 49
Italia: 205
Grecia: 642
Suiza: -89