viernes, 24 de enero de 2014

La crisis económica que está sacudiendo el mundo estos últimos años es un hecho histórico y mundial.
Existe una interconectividad no sólo en el seno de las economías nacionales y los sectores económicos, sino también en el seno de las creencias o criterios morales y políticos entorno al capitalismo. Los préstamos en ciertos estados americanos han desencadenado una reacción en cadena que se ha expandido sobre la totalidad del espectro económico, desde la industria de seguros y la industria automovilística hasta las operaciones bancarias comerciales y de inversión, y sobre todos los continentes, donde países tan distantes como Irlanda, Islandia, España y China han experimentado un vuelco económico seguido de crisis. Este hecho global ha provocado una profunda meditación sobre los peligros de una economía global.
Algunos han encontrado las primeras huellas de la crisis en el clima del préstamo fácil creado en los Estados Unidos por Alan Greenspan, el presidente del despacho de gobernadores de la Reserva Federal, en respuesta al hundimiento del fondo de garantía “Long Term Capital Management” de finales de 1990 y la explosión de la burbuja dot.com que infló la burbuja del mercado inmobiliario. Otros sugieren que la abrogación de la Glass-Steagall Act de 1933, concebida para limitar la especulación por medio de la separación de las operaciones bancarias comerciales y de las de inversión, ha creado un ambiente que ha permitido el préstamo de una forma temeraria. Otros ven en la crisis el síntoma de una inestabilidad en la base del modelo financiero de capitalismo que se ha desarrollado en América, Gran Bretaña y otros países occidentales.
El liberalismo económico destaca la libertad de actuación de la iniciativa privada, en donde son las fuerzas del mercado las que establecen los precios y los salarios. Se considera que la participación del Estado en la actividad económica debe ser la mínima posible e incluso sería lo óptimo, aunque utópico, que no hubiera ninguna participación del Estado
Cuando Lehman Brothers  quebró, algunos consideraron que era un error no haberlo salvado, pero la mayoría ha dejado de creer en la idea de destinar vastas cantidades de dinero para salvar los bancos que han operado como jugadores sin escrúpulos.
Tras olvidar la lección del crac de 1929, la especulación y la desregulación financiera nos han arrojado a una recesión que ha traído el mayor recorte del bienestar desde la II Guerra Mundial.
El ansia por el beneficio fácil borra de un plumazo la memoria de las desastrosas consecuencias que implica relajar la prudencia cuando se trata de inversiones financieras. Eso fue lo que ocurrió, otra vez, durante la primera década del siglo XXI. Gobiernos, instituciones financieras y consumidores hicieron caso omiso de esas lecciones y repitieron uno tras otro los mismos errores.
Su origen está una vez más en Estados Unidos. En 2001, el estallido de la burbuja de internet llevó al gobierno de George W. Bush a implantar un plan de ayuda basado en facilitar la liquidez y el dinero barato. Los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre acentuaron esta tendencia. Se intensificaron la bajada de tipos de interés y la reducción de impuestos para motivar el consumo de los deprimidos estadounidenses. Además, se impulsaron altas dosis de gasto público para incentivar la actividad de las empresas y el empleo.
Mientras cicatrizaban las heridas morales del 11-S, los estadounidenses repetían los errores de los “felices años veinte” del siglo anterior: gastos desenfrenados en bienes de consumo, demanda desaforada de viviendas, alentada por créditos muy baratos, e inversión masiva en Bolsa.
La desregulación financiera añadió más leña al fuego de la burbuja, provocando una desaforada especulación. En 1999, los lobbies de la banca se apuntaron una gran victoria al conseguir que el gobierno de Bill Clinton aboliera la ley Glass Steagall. Se trataba de una normativa implantada en 1933 por el presidente Roosevelt que prohibía que los bancos mezclasen sus actividades minoristas con inversiones especulativas para impedir las malas prácticas que originaron el crac de 1929 y la Gran Depresión. El sucesor de Clinton, Bush, rebajó todavía más los requisitos de prudencia y eliminó todo control de la banca, abonando así el terreno para el desarrollo de una industria financiera altamente sofisticada, compleja e incluso oculta, ya que muchas operaciones se hacían a través de paraísos fiscales para no ser reflejadas en los balances oficiales. Es lo que los economistas han bautizado como “la banca en la sombra”.
En ese contexto, la simbiosis entre las dudosas prácticas bancarias y boom inmobiliario produjo un cóctel explosivo: el de las hipotecas subprime o basura. Los bancos se aventuraron a conceder créditos a ciudadanos que no iban a poder devolverlos. Eran los NINJA (no income no job no assets), siglas en inglés que los calificaban como personas sin trabajo, sin ingresos y sin propiedades; pero incluso ellos podían tener una casa propia merced a la creencia (igual que en anteriores períodos de burbuja) de que los precios de la vivienda seguirían subiendo y que la hipoteca por la que iban a pagar unos desmesurados intereses sería compensada por la revalorización de sus inmuebles. El riesgo de impago era palpable, pero la ingeniera financiera puso en marcha una estrategia para que los bancos la disimularan en sus balances.
Lo hacían a través de complicados instrumentos que permitían empaquetar las hipotecas bunas y malas en un mismo Vehículo de Inversión Estructurado (SIV en inglés)  que, a su vez, era vendido por tramos a inversores internacionales. Al mezclar hipotecas buenas y malas, las agencias de calificación encargadas de valorar sus riesgos ignoraron el peligro real. Para complicar aún más este entramado, se inventaron los Credit Default Swap (CDS), unos seguros que cubrían el riesgo de impago de cualquier producto. En principio, parecía el negocio perfecto: se compraban productos de alto riesgo y mucha rentabilidad, y a la vez un seguro CDS, por si algo fallaba. El famoso inversor Warren Buffet los calificó de “armas de destrucción masiva”. Aun así los bancos de inversión estadounidenses los comercializaron entre todo el sistema financiero mundial, ávido de las suculentas ganancias que proporcionaban.
Pero la avaricia rompió el saco. Los especulativos fondos de alto riesgo (hedge funds) fueron más allá y apostaron directamente por la subida o bajada de esos seguros, con un complicado mecanismo bursátil (apuestas bajistas) que les permitía, sin necesidad de tenerlos en propiedad, conseguir abundantes beneficios.
Todo este entramado comenzó a desmoronarse cuando, en 2006, la Reserva Federal de Estados Unidos decidió elevar los tipos de interés para frenar la subida de la inflación. Los NINJA más débiles fueron incapaces de seguir pagando sus créditos y comenzaron a caer las fichas de ese dominó maldito: impagos, desahucios, bancos en números rojos, desconfianza entre entidades y reticencias a prestarse entre banqueros.
Los indicadores de la actividad inmobiliaria ya alertaban de que la fiesta estaba llegando a su final. En 2006 la actividad había caído un 26% respecto al año anterior. Pero fueron los rumores de que Bear Stearns (uno de los principales bancos de inversión de Wall Street, con 86 años de historia) tenía problemas de liquidez los que hicieron saltar todas las alarmas. Dadas sus conexiones con el resto de entidades financieras, había vendido hipotecas subprime por todo el planeta, y su bancarrota podía desencadenar una cascada de cracs en otros bancos. El gobierno de Estados Unidos organizó un rescate camuflado prestando dinero a través de su competidor JPMorgan, que se quedó con la propiedad del banco comprando las acciones a un 93% por debajo del precio de mercado.
El remedio fue peor que la enfermedad, ya que esto alertó al mercado de la gravedad de la situación. Aunque el gobierno de Estados Unidos juraba que era una operación aislada y se negaba a más rescates, no tardó ni dos semanas en acudir en ayuda de Fannie Mae y Freddie Mac, las dos principales aseguradores hipotecarias del país. Éstas habían sido creadas por Roosevelt, tras la Gran Depresión, para conceder hipotecas avaladas por el Estado a los ciudadanos con menos recursos, pero con la desregulación financiera habían salido incluso a cotizar en Bolsa y a competir con la banca de inversión. Eran líderes en hipotecas de baja calidad y poseían la mitad de todo el mercado hipotecario estadounidense; por eso fueron las primeras afectadas.
Los rescates de bancos se sucedían a uno y otro lado del Atlántico durante el 2008 y 2009. La política del Banco Central español había impedido la banca en la sombra y que las entidades debían aportar dinero para un fondo de rescate, pero también lo era que los excesos ocurridos en el mercado inmobiliario español eran demasiado escandalosos. Las entidades financieras habían tenido su particular versión de las hipotecas subprime, con créditos a promotores de viviendas y particulares imposibles de mantener con la subida de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y el masivo desempleo que en estos momentos supera el 25%. España se vio abocada a pedir el rescate de su sistema financiero en junio de 2012 por valor de 100.000 millones de euros.  Además, el sistema financiero español tiene que hacer frente a una masiva y dudosa comercialización de productos de riesgo, las participaciones preferentes, que han dejado sin su inversión a millares de ahorradores.
La lista de entidades con problemas no hacía más que crecer. Cuando le tocó el turno a Lehman Brothers, otra entidad histórica, con 158 años de actividad en Wall Street, el presidente Bush, con las elecciones a la vuelta de la esquina, no quiso dar la imagen de que rescataba con dinero público los excesos de los banqueros de inversión. A pesar de que unas horas antes Bank of América había rescatado, con dinero público, a Merrill Lynch, otro de los grandes de las finanzas mundiales, con Lehman Brothers decidieron que era la hora de dar un escarmiento y lanzar el mensaje de que el gobierno no estaba dispuesto a cargar con los desmanes de la banca.
El error de dejar caer a Lehman Brothers se supo de inmediato. La noticia se filtró y unas horas después las Bolsas de todo el planeta se desplomaban. Lehman Brothers no era muy grande, pero sus conexiones con otros bancos y su extensa comercialización de hipotecas basura lo convertían en un gigante. La onda expansiva se llevó por delante en pocas horas a la mayor aseguradora del mundo, AIG, así como a la principal caja de ahorros estadounidense, Washington Mutual.
La situación era tan grave que el gobierno republicano tuvo que dejar a un lado sus convicciones de no intervenir en la economía y acudió al rescate, lo mismo que el resto de los gobiernos de los principales países del mundo. Los principales bancos centrales se unieron en la primera decisión masiva conjunta de la Historia para asegurar la liquidez, comprometiéndose a inyectar fondos por valor de 180.000 millones de dólares. En los meses siguientes, todos los Estados sacaron la chequera para salvar a sus bancos y evitar un segundo Lehman Brothers. A los 150.000 millones de dólares (el 1% del PIB estadounidense) liberados por Bush les siguieron unos meses después, en enero de 2009, otros 700.000 del plan de rescate aprobado por su sucesor, Barack Obama. En Reino Unido se dedicaron 400.000 millones de libras a sofocar los problemas de los ocho grandes bancos. El rescate francés alcanzó los 320.000 millones de euros. Mientras, en España, el gobierno de Zapatero se jactaba de la solvencia y fortaleza del sistema bancario español y ponía a disposición avales por valor de 100.000 millones de euros. A pesar de que España estaba acuciada por los mismos errores (boom inmobiliario, borrachera de crédito), aquí se insistía en que los bancos españoles no se habían infectado con las hipotecas basura, como le ocurría al resto del sector europeo.
Lo que estaba fuera de duda era que la crisis se había expandido por todo el planeta y que había que evitar los errores de 1929, cuando el gobierno de Hoover se desentendió de los problemas y el proteccionismo ejercido por todos los países hundió el comercio mundial y desencadenó la Gran Depresión.
En noviembre, los principales países del mundo (G20) se unieron para acordar planes de estímulo conjuntos. Como recuerda el economista José Carlos Díez en su libro “Hay vida después de la crisis”,  esos acuerdos “fueron el mayor plan de estímulo fiscal y monetario coordinado a nivel global de la historia de la humanidad. La terapia de choque funcionó y el enfermo recuperó el pulso. Se evitó una segunda Gran Depresión”.
Aun así, la situación era enormemente grave. Las principales economías del mundo entraron en recesión. El comercio mundial se hundía y, ante la falta de actividad e ingresos, las empresas no paraban de enviar trabajadores al paro. Estos indicadores, aunque muy graves, no eran tan desmesurados como los de 1929, por lo que los economistas Barry Eichengreen y Kevin O’Rourke bautizaron esta situación como la Gran Recesión, frente a la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado.
No obstante, la situación no era fácil de resolver. La unidad mundial de intervención pronto se tornó en división. Por un lado, Estados Unidos no dudó en seguir las lecciones de Keynes, que tanto bien le hicieron tras el crac de 1929, y mantuvo la política de gasto público y estímulos económicos: desde 2008, la FED ha puesto en marcha ya tres programas de inyección de liquidez en los mercados financieros, para estimular la economía a través de la compra de bonos del Tesoro y cédulas hipotecarias. La economía estadounidense consiguió superar la recesión y en febrero de 2009 ya reportó un crecimiento del 0,9%. En la actualidad crece por encima del 2% anual. Aun así, el desempleo todavía se mantiene alto para sus criterios, cerca del 8%, por lo que los estímulos públicos continúan y hacen caso omiso al riesgo que implica que su deuda pública haya escalado hasta el 106% de su PIB en 2012.
Mientras, con los planes de estímulo comprometidos a medio implantar, Europa decidió cambiar de rumbo y apostar por la austeridad y el control del gasto. El punto de inflexión llegó por culpa de Grecia a finales de 2009. El Partido Socialista de Grecia (PASOK), liderado por Yorgos Papandreu, ganó las elecciones legislativas anticipadas y descubrió que el anterior gobierno, con la ayuda del todopoderoso banco de inversión Goldman Sachs, había utilizado derivados financieros para esconder un abultadísimo déficit público del 12,7%, frente al 3,4% que daban las estadísticas oficiales. La realidad era que Grecia estaba casi quebrada, su deuda superaba el 100% de su PIB y se le complicaba hacer frente a los intereses. La economía griega apenas representaba el 2% del PIB europeo, pero los derivados de su deuda habían sido colocados a los bancos de toda Europa, en especial a los alemanes. Un impago de Grecia podía generar un tsunami del estilo del de Lehman Brothers. Y aún más: dejar caer a un socio europeo podría hacer peligrar la estabilidad de la moneda única.
Las contradicciones de la Unión Europea, con una moneda pero 27 políticas fiscales distintas, se hicieron más palpables. La unión se debilitó y cada país tomó las medidas que creyó más adecuadas para afrontar la crisis. Alemania, cuyos bancos estaban muy contaminados con las hipotecas subprime estadounidenses y también con bonos de deuda europeos, se autoerigió como árbitro de la política europea e impuso a los países con problemas una dura política de austeridad y ajuste de gasto. Todo lo contrario a lo que estaba haciendo Estados Unidos.
Tras meses de discusiones y enfrentamientos entre los socios de la Unión Europea, la canciller alemana Angela Merkel cedió y permitió la aprobación, el 2 de mayo de 2010, de un plan de rescate a la economía griega, en colaboración con el Fondo Monetario Internacional, por valor de 110.000 millones de euros. Las condiciones eran similares a aquellas a las que habían sido sometidas las economías emergentes en los años noventa del siglo anterior: recortes de gasto público, reformas estructurales, bajada de pensiones y sueldos públicos… No fue suficiente: en el verano de 2011 fue rescatada una segunda vez, y la UE ya se plantea un tercer rescate. Parece claro que las duras condiciones exigidas a cambio de los rescates hunden más que reflotan la economía de Grecia.
Alemania, el principal acreedor de los bancos griegos, impuso la tesis de la austeridad para evitar mayores pérdidas a sus bancos. Pero la desconfianza seguía instalada en el sistema y la restricción del crédito acentuaba la crisis. Países como España, en un principio no contaminado con las subprime, comenzaron a sufrir problemas de liquidez, lo mismo que el resto de socios. El obligado ajuste de gasto público y austeridad en toda Europa provocó sendos rescates en Irlanda y Portugal. Lejos de resolver los problemas, estas medidas no han hecho sino agravarlos. Por su parte, el BCE, influido por la obsesión alemana de controlar la inflación, volvió a subir los tipos de interés en julio de 2011, abocan a sus socios a una segunda recesión. A lo largo de 2012, las dudas sobre la continuidad del euro provocaron una huida de los inversores hacia refugios como el dólar estadounidense, encareciendo la financiación de países más débiles de la UE como España o Italia, que estuvieron a punto de tener que ser rescatados.
La situación ha llegado a tal límite que muchos economistas han calificado el empeño de Alemania de austericidio, ya que forzar a los países a ajustes tan severos sólo ha servido para frenar la recuperación de la crisis y conducir a Europa a una depresión similar a la que ha sufrido Japón tras la crisis de los ochenta y en la que ninguna de las medidas aplicadas parece tener efectividad para acabar con la recesión.

BIBLIOGRAFÍA
CRISIS

LIBERALISMO

LEY GLASS-STEAGALL O “BANKING ACT” Y GRAMM-LEACH-BLILEY ACT

CREDIT DEFAULT SWAP

FUENTES VIDEOGRAFICAS
http://www.youtube.com/watch?v=3i9s66BPEvY (crisis mundial/americana, inglés subtitulado francés)
http://www.youtube.com/watch?v=_m6fTUYU-Tc (deuda pública, en francés)
http://www.youtube.com/watch?v=q0PstreAAoo (crisis de las subprimes, inglés subtitulado francés)
http://www.youtube.com/watch?v=lukfU6Kr4nQ (crisis financiera internacional, en francés)
http://www.youtube.com/watch?v=p8XCIcRfoUI (creación de moneda equilibrada, en francés)


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